1. Naturaleza de la globalización
La globalización es un término ya recurrente en conferencias, congresos y artículos de prensa. Es indudable que hace muchos siglos que sabemos que la tierra es un globo terráqueo, pero hasta hace pocas décadas era una realidad que no podíamos abarcar.
La globalización no es un fenómeno nuevo, aunque en la actualidad se presenta con unas condiciones y posibilidades diferentes, especialmente por el acelerado progreso tecnológico. La globalización ha acompañado el proceso de desarrollo de la economía desde antiguo, se podría decir que la historia económica es la historia de la globalización.
No obstante, reducir la globalización a los factores económicos es un error, pues afecta a todos los aspectos de la vida, pues la comunicación mundial (la famosa aldea global) hace que todas las cuestiones, tanto políticas, económicas como culturales, sean compartidas. La International Monetary Fund definió en 1997 a la globalización en estos términos: “La acelerada integración mundial de las economías a través de la producción, el comercio, los flujos financieros y las corrientes culturales.
En este ensayo nos vamos a referir a los nuevos retos éticos que nos plantea la globalización, y en especial, a las cuestiones de carácter económico y empresarial.
2. El mundo se nos ha hecho pequeño
Desde una consideración ética, se podría afirmar que la globalización tiene ventajas e inconvenientes. Por un lado, la supresión de barreras y límites entre los países favorece la libertad humana, pero al mismo tiempo, hay el riesgo de que la totalidad del mundo se nos haga pequeña de golpe, en la que lo lejano y cercano se confunden al estar todo a la misma distancia. Parece que todo está al alcance de la mano; y su acceso se ha vuelto fácil e inmediato.
Hace algunos años la gente estaba informada de lo que ocurría en sus calles o a sus vecinos, y desconocía lo que pasaba en Australia o el lejano Oriente. Hoy en día, podemos saber al momento lo que ocurre en la cotización de bolsa de Tokio o de los problemas de Sierra Leona, y desconocer lo que le pasa a nuestro vecino. El mundo se nos ha hecho cercano porque cada vez nos resulta más fácil hacernos con él.
Pero el fenómeno de la globalización es ya un punto sin retorno, que esta cambiando nuestros hábitos de conducta y la forma de hacer negocios. Estamos ante un nuevo siglo en el que somos protagonistas o espectadores de una época de cambios en la historia de la Humanidad, y somos testigos de grandes avances tecnológicos. Sin estos progresos tecnológicos, en los que estamos inmersos, el fenómeno de la globalización no sería posible.
3. Vivir con dignidad en un mundo globalizado
Frente al humanismo renacentista en el que el ser humano era el centro de los intereses intelectuales y artísticos, se pasó a la mentalidad moderna, al triunfo del método científico y el auge de las ciencias experimentales.
Los cambios tecnológicos se suceden tan rápidamente que nos producen la sensación de quedar desbordados por ellos. El mandato de la Biblia de dominar el mundo quizá no ha tenido nunca una realización tan efectiva.
La historia económica surge desde el momento que se establece el comercio entre las naciones, las políticas proteccionistas, la división entre países desarrollados y subdesarrollados, el poder económico de ciertos países o los tratados comerciales.
Para vivir dignamente en el agitado mundo en el que nos encontramos, debemos ser conscientes de cuales son las circunstancias en las que nos encontramos y pensar cómo queremos que sea el mundo en el que vivimos.
Este planteamiento ético nos sirve como referencia para orientarnos y saber con qué actitud debemos actuar en él. El ser humano, como ser espiritual y corpóreo, necesita para vivir una serie de referencias familiares, laborales, legislativas, etc., para no perderse; de igual modo que los hombres de la mar se guían por las estrellas para no perder el rumbo.
4. Efectos secundarios no previstos
Necesitamos un cierto orden para poner en la debida perspectiva las ventajas y los inconvenientes de la globalización. El progreso tecnológico manifiesta la gran capacidad de la inteligencia humana, pero este progreso no deja de ser una técnica y un medio para fines superiores. Como tal medio, el progreso puede ser bien o mal utilizado. Debido a que el ser humano no siempre es capaz de prever las consecuencias de sus actos, existe la posibilidad de que aparezcan efectos secundarios no previstos. Ya dice un dicho popular que los hombres prudentes son los que saben prever los acontecimientos, los necios tan sólo los constatan.
Las preguntas de índole ética respecto al progreso tecnológico, impulsor de la globalización, se formulan teniendo en cuenta tanto los efectos secundarios no previstos, a los que se debe dar solución; como también los efectos previsibles que por omisión o descuido no se plantearon.
En este plano surgen algunos interrogantes: ¿se pueden poner límites a la libertad de expresión en la red de Internet, justificando la censura de sus contenidos? ¿cómo se pueden proteger los datos privados frente a la posibilidad de almacenarlos y comercializarlos? ¿se puede mantener el derecho de propiedad intelectual? ¿hay que poner límites a la clonación humana? ¿se puede admitir que la investigación del genoma humano se convierta en un negocio? ¿los alimentos modificados genéticamente son una contribución al desarrollo o más bien son un negocio para las multinacionales?
5. El conocimiento no se reduce a la información
No parece que el progreso tecnológico por sí mismo pueda responder a estas preguntas, pues desde la tecnología no se puede dar respuesta al por qué o para qué de las cosas, sino sólo sobre el cómo.
Es indudable que el progreso tecnológico ha impulsado el conocimiento en el sentido de que nos permite acceder a una cantidad de información que nadie sería capaz de recopilar ni tampoco asimilar. Pero sería un grave error pensar que la Sociedad del Conocimiento se reduce simplemente a disponer de sofisticados ingenios electrónicos que facilitan información.
En la actualidad se publican una serie de libros y se dan conferencias con el pomposo título de “gestión del conocimiento”, en las que uno se siente decepcionado al comprobar que, en vez de hablar sobre el conocimiento humano, del modo de mejorar y desarrollar sus facultades perceptivas, imaginativas e intelectuales, se limitan a hablar de nuevos paradigmas y resortes informáticos, de diagramas de procesos y flujos de información.
Este enfoque de “subordinación tecnológica”, lleva a pensar que la sociedad del conocimiento supone tener más información, olvidando que ésta es sólo un aspecto del conocimiento, pues confundir información y conocimiento es confundir los medios con los fines.
Esta confusa situación pone de relieve la necesidad de buscar la colaboración profesional en el mundo empresarial de expertos humanistas, teniendo en cuenta que en las empresas existe un caudal de potencialidades por estrenar, que no son otras que las inteligencias y libertades de los miembros que integran cada organización.
6. El mercado no es un fin absoluto
En el acceso y uso de la información se produce la paradoja de que los ingenios cibernéticos facilitan mucha información, pero llega un momento que el exceso de información puede saturar y hacer muy difícil aquello para lo que deseamos la información, y que consiste en pensar, aprender y decidir.
La cantidad de información no puede sustituir a la calidad de la misma para tomar decisiones. Más que disponer de mucha información se trata de disponer de la información relevante que nos facilite la decisión que debemos tomar.
Después de la disolución del “socialismo real” de Rusia y los países del Este, nuestra sociedad ha vuelto a reconsiderar la superioridad y bondad de la economía del mercado.
La libre competencia en el mercado tiene efectos positivos sobre la actividad comercial, pues libera energías y capacidades naturales e incentiva la creatividad. Ello redunda en la reducción de precios, en el equilibrio del poder y exige una actitud activa del directivo.
Y, sobre todo, se mejoran los servicios especialmente por la esencial valoración e importancia que se da al cliente y demás stakeholders.
No obstante, no deben exagerarse estas bondades. Que el mercado sea un adecuado mecanismo para regular las transacciones comerciales no significa que no necesite de algunos principios orientativos para mejorar su funcionamiento y evitar que todo se reduzca a las leyes del mercado.
Si se obvian los principios de justicia, distribución equitativa de la riqueza o la preocupación por los menos favorecidos, se desemboca en una competitividad deshumanizada que justifica el darwinismo social, es decir, el triunfo del más fuerte.
7. Hay cosas de valor que no tienen precio
En un mundo globalizado, no todo puede reducirse a las claves del mercado, pues raramente se dan las condiciones de perfecta competencia que asegure su justo funcionamiento. Así, por ejemplo, hay cosas en el mundo que tienen valor, pero no tienen precio. Esas cosas no pueden ser catalogadas con parámetros del mercado. Se pueden poner grandes precios a obras de arte, al contrato de ejecutivos o de deportistas, pero son precios que se consideran como una inversión.
Frente a ello, hay cosas aparentemente insignificantes que tienen un valor que no puede reflejarse en un precio ya que las desnatularizaríamos: el amor de una madre por su hijo, una puesta de sol, una excursión a la cima nevada, un recuerdo de familia, una grata conversación en una terraza o un detalle de servicio a un amigo.
En esta época en que el tiempo se acorta, en la que todo incita a vivir al instante, también la empresa se ve constreñida por el corto plazo. La competencia no quiere esperar, se compite con el rival, con el que tengo delante, para obtener resultados inmediatos.
Esto ocurre por ejemplo, en la dependencia de las empresas respecto a su cotización en bolsa. Un mercado que surgió como instrumento de financiación al servicio de la empresa se ha pasado a la situación de que las empresas estén atrapadas por la voraz dinámica de los mercados financieros. Las empresas necesitan tener constantemente buenos resultados, generar noticias o rumores favorables para que el mercado reaccione y haga subir el valor de la acción en bolsa.
8. La economía como medio para fines superiores
En la economía sana, una institución funciona bien si tiene objetivos a largo plazo, porque es capaz de transformar fines momentáneos en medios para fines superiores y más excelentes. El ser humano es más libre en cuanto es más capaz de convertir un fin en un medio, para buscar un fin más alto, pues tiene menos limitaciones para su acción.
Entendida así la competencia, los resultados económicos se convierten en medios para otras cosas. En última instancia el dinero tiene un carácter de medio, es útil en la medida que se gasta y se utiliza para algo. La competencia, tal como hoy se la entiende, provoca una actitud defensiva que hace que las empresas sean menos libres para perseguir fines más altos que la mera cotización diaria en el mercado bursátil.
Relacionada con la competencia, está el consumo como fuente de bienestar, en el que las empresas cumplen su función social al proporcionar bienes y servicios de consumo que la sociedad demanda.
Pero se pueden realizar una serie de preguntas respecto a esta función social: ¿cuando puede decirse que las empresas contribuyen a satisfacer necesidades y cuando empiezan a crear necesidades en los consumidores? ¿cuando satisfacen necesidades reales y cuando estas necesidades son ficticias? ¿qué puede considerarse útil y qué nocivo? ¿hay que satisfacer todo aquello que es demandado?
9. El pensamiento único
Se habla también de que uno de los peligros de la globalización es su configuración en el “pensamiento único”, que pretende explicar toda la realidad desde los parámetros del mercado. Los demás aspectos: ecología, cultura, política o los espacios transaccionales se consideran accesorios secundarios respecto a la globalización económica.
El “pensamiento único” ha sido criticado, entre otros, por autores como OsKar Lafontaine o Gerard Balcanes, ideólogos de izquierda; al considerar que la supeditación al primado de la economía dejada a las leyes del mercado, minimiza el Estado social y la Democracia. Por ello, lo ven como una amenaza al pluralismo social, al pretender imponer un modo de ser y una cultura mundial homogénea, utilizando la influencia de los medios de comunicación al servicio del capitalismo salvaje.
También critican al neoliberalismo globalizador, al considerar que su reduccionismo económico, al margen de la vertiente social, fomenta la inseguridad laboral de los empleados que sienten el miedo ante la incertidumbre de su futuro laboral.
No obstante, surgen algunos interrogantes. ¿es posible imponer un pensamiento único en una sociedad plural? ¿se puede mantener una vez se impone? ¿se debe sólo a los dirigentes económicos la forma de pensar de la colectividad? ¿se pueden considerar como factores de coacción a los medios de comunicación? ¿la libertad de contratación y despido no facilita ni amplía el empleo? ¿qué alternativas se proponen a margen del libre mercado?
10. Los bienes compartibles
El ser humano no sólo necesita satisfacer necesidades materiales. El consumo se dirige a un tipo de bienes fungibles que se caracterizan por agotarse, por consumirse. Son bienes que al no poderse compartir son “excluyentes”, en cuanto disminuyen al ser compartidos (un pastel, los cargos directivos de una empresa, los beneficios económicos)
Hay otros bienes que al compartirse crecen, son los llamados bienes “compartibles” que escapan a las leyes del mercado y de la sociedad de consumo. Son bienes que tienen valor pero no tienen precio, como el valor de la amistad, del amor, la solidaridad, etc.
El hecho de que estos bienes no se sujeten a los dictados del mercado significa que hay una realidad en la que el hombre se escapa de las estructuras organizativas, políticas y económicas. Es el mundo o ethos vital que se rige por criterios distintos a la optimización de recursos. Estos bienes compartibles crean unas relaciones que se basan en el valor y dignidad de las personas, no en el precio de sus servicios.
Por contra, los bienes excluyentes se mueven en el orden del tener, de la propiedad, mientras que los compartibles se fundan en el ser, porque pertenecen al interior de la persona. Sólo sabiéndome quien soy puedo hacer un uso adecuado y fecundo de aquellas cosas que tengo.
11. El éxito como único objetivo
A menudo da la impresión de que sólo se valoran las acciones de las personas en términos de éxito, en resultados económicos y en aparecer en portadas de periódicos y revistas, guiados por el principio de que lo eficaz es lo verdadero.
Es una postura que sustentada en la crisis de las ideologías, adopta una actitud pragmática, que sólo se fija en los resultados. Pero guiarse sólo por los resultados ya es en sí misma una opción ideológica.
No sólo hay efectos externos de la acción, sino también efectos en el interior de los individuos que intervienen en la acción. La concepción utilitarista, que reduce las acciones a los resultados externos, tiene dificultades para dar una respuesta aclaratoria respecto a la moralidad de las acciones mismas.
¿Cómo valorar las consecuencias de las acciones? ¿son todos los resultados conmensurables en términos económicos? Una ética de la responsabilidad debe tener en cuenta no sólo la responsabilidad referida a los resultados, sino los principios desde los que se evalúan los resultados.
12. Referencia a los principios éticos
No puede haber una referencia a los resultados sin una referencia a los principios éticos, porque sólo desde ellos, los resultados se pueden observar, analizar y valorar. Juzgamos las acciones humanas desde nuestras creencias y principios. Esto no supone caer en relativismo subjetivo. La decisión de nuestros actos es subjetiva, porque es el sujeto el que decide desde sus convicciones, pero esto no significa ser subjetivista, en el sentido de suponer que todas las decisiones son equivalentes e igualmente buenas para el ser humano. Sin principios objetivos no podemos concluir nada, o peor, podemos concluir cualquier cosa.
Podríamos resumir lo dicho con anterioridad, afirmando que desde la perspectiva ética de la globalización se abren una serie de interrogantes que apelan a la necesidad de otros parámetros que reclaman un orden para nuestras acciones. El progreso tecnológico nos cuestiona, no sólo respecto a lo que hacemos, sino para qué lo hacemos. La gestión del conocimiento nos recuerda la necesidad de pararnos a pensar para adoptar las decisiones, no sólo más beneficiosas económicamente, sino también las más humanas y satisfactorias; la competitividad de objetivos inmediatos hace que nos preguntemos por el largo plazo, el afán consumista olvida que el ser tiene primacía sobre el tener, y la lógica de resultados demanda no dejar de lado los principios por los que actuamos. Apelar a una necesidad ética en la empresa no es sólo cuestión de supervivencia sino una necesidad para la empresa moderna.