13. Principios generales de una actitud ética
Veamos algunos principios de la actitud ética:
a) El principio personalista: la persona siempre es un valor en sí misma, o como decía Kant “un fin en sí misma”. De ello se deduce que nunca puede ser utilizada como simple instrumento con fines utilitaristas.
La empresa debe tener como orientación esencial el desarrollo de la persona, lo que implica una serie de derechos: salario justo, puesto de trabajo digno, posibilidades de mejora profesional, etc. y también hacia otros stakeholders de la empresa: clientes, proveedores y demás personas relacionadas con la actividad de la empresa. El principio personalista orienta al progreso tecnológico, en el sentido de que no todo lo técnicamente posible debe hacerse, porque puede suponer un deterioro de la persona.
b) El principio de orientación al Bien común: esta orientación impulsa a la persona y a la empresa a salir más allá de los intereses particulares y buscar lo que es bueno para el conjunto de la sociedad. Considerar que la responsabilidad social de la empresa se limita simplemente a generar beneficio, es ignorar la complejidad de la empresa y los efectos de sus decisiones.
La orientación al Bien Común se bifurca en dos vertientes: el principio de solidaridad, que reclama de la empresa la obligación de pensar en el bien de la sociedad, y el principio de subsidiariedad que justifica el derecho de actuar libremente en aquello que se tiene capacidad de actuación.
El Bien Común da un nuevo sentido a la globalización, al entenderla más allá de los términos puramente económicos. Por esta razón, modera la irrespetuosa competitividad y busca que la competencia sea un juego de suma positiva, donde todos ganan.
c) El principio de orden de responsabilidades: nos ayuda a no perder nuestro sentido de responsabilidad y poner prioridades en nuestras acciones, en función de aquello que está más a nuestro alcance hacer.
En el cumplimiento de las responsabilidades se puede caer en posturas minimalistas, al conformarnos con responder de aquello que sólo nos afecta directamente, o caer en posturas maximalistas, al sentirnos responsables de todo lo que sucede. El término medio de estos dos extremos, consiste en pensar en aquello más cercano de nuestras obligaciones y a ocuparnos del conjunto de cuestiones que dependen más directamente de nosotros.
d) El principio de prudencia directiva: las decisiones empresariales tienen una gran complejidad, porque el directivo debe considerar muchas variables antes de tomar una decisión, por ello necesita “pararse a pensar”, una actitud poco frecuente en el mundo en el que vivimos.
El directivo que piensa es el que prevé, el que sabe adelantarse a las situaciones, de otra forma se limitará a dejarse llevar por las circunstancias. Pero en la toma de decisiones no hay reglas aritméticas o pautas prefijadas, cada decisión es un proceso por el que ponemos en relación nuestros principios y valores con las circunstancias concretas de la situación y emitimos un juicio que nos lleva a decir “esto está bien o aquello está mal”.
Pero teniendo en cuenta que las circunstancias cambian y que no hay dos situaciones iguales, no podemos actuar sólo con grandes principios. Por eso, el planteamiento ético no sirve por sí sólo para dirigir las empresas, sino que hay que proceder con consideraciones de otra naturaleza, basadas en la prudencia y el sentido común, o también en aspectos psicológicos o emocionales que motiven a los empleados para afrontar con dinamismo cualquier nueva situación.
Nuestras ideas y concepciones influyen en las decisiones, y a su vez (a modo de feedback) nuestras decisiones influyen en nuestras ideas, porque nos cambian o nos reafirman en ellas. Los hombres no disponemos de reglas, pero disponemos de virtudes que son el stock donde almacenamos nuestras experiencias, nuestros ideales y anhelos. Estas virtudes humanas enriquecen nuestra personalidad y nos facilitan un mayor equilibrio y objetividad a la hora de tomar decisiones en la dirección de empresas y en la vida en general.
14. Una sociedad más solidaria
El lema de “libertad, igualdad y fraternidad” auspiciado por la Revolución Francesa, marcan nuestras aspiraciones, pero no han tenido la misma fortuna. Libertad e igualdad han sido ampliamente tratados y buscados como ideales, pero no así la fraternidad que es la gran olvidada de la sociedad y, por ello, sufrimos las consecuencias de este olvido. El ideal de fraternidad está enraizado en la naturaleza humana, por que el hombre es un ser social y necesita reconocerse como persona coexistiendo con otros. La fraternidad no es sólo vivir la justicia, sino que también reclama la virtud de la solidaridad.
¿Cómo crecer en solidaridad? La ética señala principalmente tres actitudes para manejarnos en un mundo más solidario: el saber rectificar, saber escuchar y admitir que los demás pueden equivocarse. A partir de estas actitudes podemos dotar a nuestro mundo contemporáneo de la necesaria dimensión ética que nos permita orientarnos en medio de la globalización.
La libertad económica tiene que dejar de ser unilateral, evitando los monopolios. levantando las barreras institucionales que impidan la creación de mercados unificados con objeto de que todos los protagonistas tengan igualdad de oportunidades. Parece extraño que los países industrializados sigan manteniendo políticas proteccionistas que impiden el desarrollo de sectores en los países menos desarrollados que podrían ser competitivos.
15. Ayuda a los países menos desarrollados
La perspectiva histórica muestra que el desarrollo sólo se alcanza en la medida que se ayuda a los más desfavorecidos. Si las decisiones unilaterales del pasado facilitaban la rapidez de las medidas, la necesidad de contar ahora con muchos en un mundo globalizado ofrece la ventaja de conocer con más objetividad los problemas reales de casi todos.
Si es fácil entender la libertad entre iguales, sigue siendo difícil darse cuenta de que hay que ayudar a los países menos desarrollados para que estén en condiciones de ejercer su libertad y que posean los medios necesarios para acceder a los instrumentos económicos que puedan beneficiarles.
Es significativo al respecto que haya tenido que suceder la tragedia del 11 de septiembre para que se avance en la conciencia internacional frente al terrorismo o la pobreza de algunos países. Occidente será más rico en el futuro si consigue que el Tercer Mundo tenga más que ofrecer y pueda hacerlo.
No sólo hemos de ser responsables y hacer un buen uso de las instituciones que nos hemos dado, sino que se debe respetar a la persona promoviendo una cultura de solidaridad, de modo que el crecimiento económico que la globalización augura esté integrado por otros valores.